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El
autor del artículo se define contrario al aborto. Una vez declarada su
posición ofrece algunas objeciones serias a la píldora RU-486, que
proceden, fundamentalmente, de dos campos: de la ética médica y de un
amplio sector del feminismo.
Una
cosa es evidente: la RU-486 es un agente de división, un fuerte polarizador
de opiniones. Desde que fue presentada hace unos años come emblema de la
libertad reproductiva ha sido objeto de debates encendidos entre partidarios
y detractores. Pata unos, es un regalo afortunado para la mujer, pues
permite escoger
el modo de abortar, para otros. es una arma química sofisticada y mortífera,
una mina antipersona, diseñada para destruir vidas inocentes.
Soy
civilizadamente contrario al aborto. Para contribuir al debate social sobre
la aprobación administrativa de la RU en España. voy a ofrecer algunas
objeciones serias a la píldora que vienen, por extraña coincidencia. de
dos campos: de la ética médica y de un amplio sector del feminismo.
La
ética médica -desde el juramento hipocrático a la Declaración de Ginebra-
impone el máximo respeto a la vida humana, a todo ser humano sin
discriminación. El rechazo de la RU cobra particular energía, no porque
sea simplemente abortiva, sino porque, en su diseño ideológico, que no en
su práctica, pretende trivializar el aborto, reducirlo a una rutina, sin
dimensión psicológica ni responsabilidad ética.
Tal
trivialización del aborto por la RU-486 se da, para empezar, al nivel biológico.
La RU, en su condición de antihormona, tergiversa el lenguaje molecular que
es necesario para mantener el embarazo, va separando poco a poco, pero de
modo muy preciso, al embrión de la madre, y lo mata, lenta e
inexorablemente, a lo. largo, de uno o dos días. Muerto el embrión, sus
restos son eliminados gracias al efecto de una prostagiandina. El acto mismo
del aborto no es muy diferente de un menstruo algo más abundante y
fastidioso de lo normal.
Desde
el punto de vista humano, estamos ante una variante, más prosaica y vulgar,
de aborto, carente del dramatismo y la tensión del aborto quirúrgico que
aspira a convertir ese drama humano en algo irrelevante. en algo parecido a
tratar
con un vermífugo, un parásito intestinal: todo consiste en ingerir un
preparado y esperar sus efectos. La
RU está diseñada justamente para eso: para desdramatízar el aborto, para
blanquearlo, para que todos nos olvidemos de él, para que nadie sienta
remordimientos por la vida engendrada y selectivamente destruida.
Más
aún, los promotores del aborto farmacológico nos dicen que la cosa está sólo
empezando y que no tardará en llegar el momento en que se podrá separar
definitivamente sexualidad y procreación, pues
una píldora tomada regularmente desalojará del útero cualquier embrión
no deseado que pueda ocuparlo. Y, esto es lo esencial, sin que nadie sea
consciente del hecho. Los embriores no entrarán siquiera en esa mínima
categoría de víctimas que son los desaparecidos, pues
serán, simplemente, ignorados. Lo demoledor de la RU‑486 consiste en
desproblematizar afectiva y racionalmente el aborto. en extinguir lo poco de
humano que le queda todavía ligado al inevitable trauma de sentir que la
criatura está siendo
aspirada o reducida a fragmentos. Que el aborto siga siendo problema es un
bien social y personal. No cabe aquí un peace process. Es preferible
reconocer a cara descubierta las flaquezas humanas y vivir en la agonía y
precariedad moral, que instalarse confortablemente en una sociedad que
ignora que vive en la mentira pactada y que, para eliminar el pecado, no
duda en colocar a lo perverso la etiqueta de bueno y avanzado.
En
la oposición a la RU no están solos los pro-vida. Un amplio sector del
feminismo ha atacado la píldora abortiva
con la mezcla de lucidez coraje
que le es típica. Todos los argumentos con que se había querido
promocionar a la RU como droga-milagro han sido desmontados por esas
mujeres. Dicen, y no les falta razón, que la RU es un fiasco: resulta que
lo que iba a ser el aborto desmedicalizado,
el aborto do-it-yourself; exige mayor supervisión médica; resulta que la
promesa de aborto privado en casa exige tres o cuatro visitas a un centro
oficial autorizado, con sus esperas, a veces largas: resulta que lo
anunciado como
aborto libre implica ingerir unas pastillas ante testigos, y someterse a ecografías
vaginales de control, y pasarse 48 horas con dolor de vientre y, a veces,
sangrar más de lo deseable. Para remate, se encuentran con que lo que iba a
ser más barato, resulta más caro. Además, el aborto con RU, con su pesada
carga tecnológica y su nada despreciable tasa de complicaciones, es
peligroso para la vida y la salud de muchas mujeres. En conclusión y muy
feminísticamente, dicen que sean los hombres quienes se traguen la píldora
pues Baulieu acaba de descubrir que la RU lesiona la membrana de los
espermatozoides y podría disminuir la fertilidad del s‑arón.
Para
dejar clara mi postura, he de decir que no me opongo, ni nadie en su sano
juicio podría hacerlo, a las aplicaciones clínicas que la RU pueda tener
en el tratamiento de un pequeño número de auténticas enfermedades. Puedo,
por ello, comprender que la Dirección General de Farmacia estudie la
posibilidad de licenciar el uso restringido de la RU en Espada, pata los que
hay sistemas alternativos, rápidos eficaces,
de importación controlada. Lo que no puedo entender es que el Gobierno, en
un momento en el que nata de contener el gasto farmacéutico eliminando de
la‑s listas de medicamentos los de baja utilidad terapéutica,
autorice un fármaco tan cargado de desventajas biológicas y de
conflictividad social.
La
RU486 -no hay mal que por bien no venga- debería ser como tina banderilla
de fuego en el morrillo de nuestra pluralista sociedad de hoy. Unos pueden,
muy posmodernamente, asistir impávidos a la destrucción de muchas vidas
humanas. tan significativas y valiosas como las suyas propias. Otros
pensamos que el mundo está necesitado de rebeldes, de gente que ponga el
dedo en la llaga del aborto, de gente que trate de impedir que la peligrosa
medicina RU-486 se ponga al alcance de ciertos niños.
Gonzalo
Herranz Rodriguez es profesor de Etica Médica de la Universidad de Navarra.
EL
MUNDO. DOMINGO 1 DE NOVIEMBRE DE 1998, sección
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